Gisela Brito | Escritora

Microcuento: El guardián del templo legendario

Después de atravesar el continente durante largos años, desde las calurosas tierras del sur, llegamos a nuestra meta. La alegría desbordaba de nuestros cuerpos mientras pensaba en que las aventuras que habíamos tenido hasta ese momento no tendrían comparación con lo que se venía. Al fin podía contemplar con mis ojos parte de la historia de las antiguas y extintas civilizaciones que dieron cimientos a lo que era la actualidad. Por fin podría palpar con mis propias manos las palabras e ilustraciones de los libros que había estudiado desde la infancia en la Gran Biblioteca Ancestral, donde acumulé mis sueños incluso en la adolescencia. 

Quedé estupefacto cuando, al salir de pronto de la tormenta de nieve, vi la imponente figura del coloso de hielo observándome con su mirada helada que parecía atravesar mi alma. Un escalofrío me recorrió la espalda y no pude evitar quedarme sonriente, un tanto embobado, observándonos mutuamente. Era lo más espectacular que jamás había visto. El resto del grupo parecía sentirse igual, aunque un ligero temor recorría sus rostros. La vieja leyenda narraba que el coloso protegía un gran tesoro y que destruiría a quien se atreviera a caminar frente a él. 

Sin terminar de creer en los viejos cuentos y asegurando que sólo era un engaño para alejar a los usurpadores (los cuales ya habían arruinado muchos templos antiguos del sur del continente) nos detuvimos entre la tormenta y el guardián de hielo. Allí descansaríamos por unas horas para luego atravesar su campo de visión inerte y llegar hasta el templo que protegía, el cual se hallaba a unos cuantos metros de altura escalando la montaña. Observaríamos y registraríamos todo en notas detalladas y fotografías durante una semana para volver una vez más a nuestras vidas cotidianas. O eso era lo planeado…

Mientras mis compañeros descansaban y se recuperaban de atravesar la extraña tormenta que envolvía y protegía la montaña, sentía la penetrante mirada del gigante sobre mí. Si realmente no era una simple estatua como narraba el cuento que me heredó mi yaya, entonces, tal vez, nadie volvería a cruzar la tormenta. No pude evitar apretar entre mis manos el viejo amuleto que había recibido junto al cuento y arrojar una oración a los cielos, por si algún dios se atrevía a oír mi deseo. “Ojalá sea un simple cuento”, pensé a la vez que notaba un frío parpadeo.

FIN

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